Publicado el por en Interné, Tendencias.

Un curioso hallazgo reportó hoy la Policía Metropolitana de Bogotá. Se trata de una sala clandestina de televisión repleta de estudiantes de doctorado, tuiteros de más de 1.000 seguidores con rango de patrulleros y subintendentes morales y ciudadanos con autoinflingida sensibilidad social y estética.

“Eso vivía lleno: venían a ver sobre todo el Desafío, Soldados 1.0, Muy buenos días, el Cazanoticias, MasterChef, la Telepolémica,  Canitas al aire. Había uno que podía pasar hasta tres días pegado de RadiolaTV”, asegura una encargada del aseo del lugar. “Pero sobre todo, sobre todo venían a ver La red”.

La sala estaba ubicada en inmediaciones del Park Way, en la localidad de Teusaquillo, zona reconocida por ser la de mayor densidad de habitantes con libros de Murakami en su biblioteca por metro cuadrado de la capital.

Muy nerviosos por haber sido sorprendidos en flagrancia, los presentes recurrieron a argumentos de corte ontológico para amedrentar a los efectivos a cargo del operativo tipo “usted no sabe quién soy yo, yo tampoco pero qué importa porque finalmente es relativo”.

El oficial a cargo de la unidad que hizo el hallazgo aseguró que actuó tras recibir denuncias de vecinos que aseguraban ver movimientos de personas poco comunes a altas horas de la noche y de la madrugada, además de haber visto ingresar dispositivos que resultaron ser antenas para recibir la señal de la Televisión Digital Terrestre.

El lugar había sido disfrazado con la peculiar fachada de “Club social y cultural Wes Anderson” y a primera vista parecía ser un establecimiento dedicado al fomento de la divulgación de la obra de la generación del 27 birmana, a la cata de chai macrobiótico, a dictar talleres de lectura de la suerte en heces de felinos y a la generación de energía a través de la canalización de ondas de indignación por el mal gusto mainstream, según reza en su acta de constitución que puede consultarse en la Cámara de Comercio. Una puerta secreta que solo se abría tras pronunciar en estricto orden de publicación los primeros cinco relatos cortos de Raymond Carver; no las versiones intervenidas por su editor Gordon Lish.

Según distintas versiones, los implicados se mostraron muy asustados al ser descubiertos al punto de haberle ofrecido a los patrulleros endosarles desde seguidores y puntos de Klout hasta algunas gotas de la genialidad que los caracteriza con tal de mantener el hecho en total reserva.

Uno de los policías explicó: “nos fuimos rápido, no estaban haciendo nada ilegal como tal y lo que nos ofrecieron ni entendimos qué era,  tratamos de venderle la historia a varios medios: al noctámbulo, a City hasta al patrullero del aire, pero cuando les dábamos los nombres de los involucrados nos colgaban. Se reían eso sí de que todos fueran tocayos, que todos fueran arroba algo”.

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